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campañas salud pública, educación, Estrategia Mundial para la prevención y control de las enfermedades de transmisión sexual, gonorrea, herpes genital, HIV, linfogranuloma venéreo, OMS, Promoción, riesgos, saludable, sífilis, sexualidad, VIH
La buena voluntad no es suficiente a la hora de diseñar las campañas de educación sexual y reproductiva. Se corre el riesgo de ofrecer una educación que confunda más de lo que aclare.
Las estadísticas de la OMS nos dan un toque de atención: vuelven la sífilis, la gonorrea, el linfogranuloma venéreo y el herpes genital; no es la infección por VIH la única enfermedad en la que estamos perdiendo parte del terreno que habíamos ganado. Todas ellas comparten la vía predominante de transmisión: las relaciones sexuales. Explicarlo no es tan sencillo como inventarnos un mágico brote de promiscuidad y vicio mundial. El hecho de que, mientras suben las enfermedades venéreas, haya disminuido de manera constante el número de abortos inducidos en el mundo debe hacernos reflexionar. En Latinoamérica, se ha pasado de 45 a 31 abortos inducidos por cada mil embarazos desde 1990 a 2008, y en Europa de 12 a 2 por cada mil.
La mejora en el acceso a la medicación antirretroviral en todo el mundo ha permitido que la mortalidad por SIDA haya disminuido de manera constante desde el inicio del siglo XXI, mejorando la supervivencia. El tratamiento de las mujeres infectadas por VIH durante el embarazo y el parto ha alcanzado el 64% en Latinoamérica, beneficiándose a su vez los niños que se libran de nacer con el virus. Sin embargo, desde hace cinco años, la incidencia de infección por VIH está estabilizada en 2,7 millones de nuevos enfermos por año en todo el mundo. Ni el tratamiento, ni las campañas de prevención, ni la detección precoz, han impedido que continúe diseminándose con la misma intensidad. Incluso se está viendo un aumento en determinados grupos de población, como los inmigrantes, los transexuales, o los pobres.
La importancia de las enfermedades de transmisión sexual llevó a la OMS a lanzar en 2007 su Estrategia Mundial para la prevención y control de las enfermedades de transmisión sexual, un marco de actuación general para orientar el conjunto de las políticas públicas de salud. En su implementación en los distintos países, se ha difundido desde hace unos años la unificación en las campañas de Salud Reproductiva y Sexual de un conjunto de aspectos parcialmente relacionados, como la planificación de la natalidad o la prevención de enfermedades de transmisión sexual. Esto ha permitido optimizar recursos, puesto que es evidente que enseñar a usar un preservativo puede ayudar a reducir tanto la gonococia como un embarazo no deseado. Pero algo ha fallado. La población ha identificado que la prevención de las gestaciones no deseadas y de las enfermedades sexuales se puede hacer por los mismos medios. Y no siempre es así.
La gestación se produce cuando un espermatozoide contacta con un óvulo, se forma un embrión, que migra por las trompas hasta una cavidad uterina preparada para acogerlo, y se implanta. Cualquier elemento que rompa un eslabón de esta cadena dificultará o impedirá la gestación. En la primera fase está el preservativo, que impide que el semen entre en contacto con la mujer. Sin embargo, existen muchos otros medios anticonceptivos (como la ligadura de trompas, la vasectomía, el diafragma vaginal, los anticonceptivos o el dispositivo intrauterino) que interrumpen otras etapas del proceso, sin evitar que los fluidos sexuales de hombre y mujer se pongan en contacto.
Por otro lado, las enfermedades de transmisión sexual pueden producirse ya por la infección directa por las secreciones sexuales contaminadas, como en el caso del VIH o de la gonococia, ya por contacto de las mucosas sexuales de hombre o mujer con lesiones producidas por los gérmenes, como es el caso de la sífilis, el herpes genital o el virus del papiloma humano. Por tanto, sólo aquellos medios que impiden o dificultan dicho contacto, como la abstinencia mientras existan lesiones activas, o los medios que impidan o dificulten el contacto, como el preservativo masculino o femenino, impedirán la nueva infección.
Son especialmente preocupantes algunas creencias erróneas, extendidas en zonas aisladas, de que las enfermedades de transmisión sexual como la sífilis o la gonorrea pueden ser curadas manteniendo relaciones sexuales con una niña virgen. Esta creencia es rotundamente falsa, y, además de suponer un abuso para el menor que no puede defenderse del adulto que la violenta, lo expone a una infección que suele tener una especial virulencia en la edad infantil, y que, en el caso de la gonococia, puede llegar a producirle una gravísima infección o incluso la muerte.
Delimitar y conocer un problema no asegura que las estrategias diseñadas para combatirlo sean las correctas. Es necesario que replanteemos la educación sexual y reproductiva que se incluyen en nuestras campañas de salud pública, y que tengamos en cuenta los riesgos de hacer una suerte de educación ‘para todo’, que desinforme y confunda más de lo que pretende formar y aclarar. En un mundo superpoblado y azotado por la pandemia del SIDA debemos ser capaces de responder en cada uno de los frentes con la estrategia correcta, para asegurar el éxito final que todos deseamos.
Artículo publicado en colaboración con el Centro de Colaboraciones Solidarias el 24 de Febrero de 2012
