Hay días que quedan marcados en el calendario como un cráter. Son esos en los que nos acordamos –más- de los que nos dejaron, siempre demasiado pronto, demasiado súbito, demasiado ya.

La primera visita siempre es la peor, la del impacto devastador. Otra madre, o padre, o pareja, o amigo, que reverberarán para siempre, con esos ojos anhelantes, que traspasan, que hunden su estoque hasta el fondo del alma. Otro niño demasiado niño, inocente, que jamás habría de entender por qué lo habían de abrazar tanto y tan fuerte llorando mientras lo hacían, en el horizonte de su breve vida; otro anciano, otro joven. Otra ¿pesadilla?… No… más bien presencia onírica recurrente, que se une a las otras, en lo que podría ser mosaico colorido pero es un desierto de blancos y grises, sonidos quedos, que vienen y se esfuman suaves y tenues, y junto a ellos colores, y sonrisas de ánimo de los compañeros (hermanos de dolor), y llantos desgarrados… Otra madre, sí, la madre, que podrá cambiarse de pelo o vestido, pero que será inmortal en el recuerdo, como ese día, para siempre. Un retrato de sus ojos, su expresión, y el doloroso interrogar retórico del que teme conocer las respuestas. Y luego vahos y nieblas de acompañantes y lugares y hablo y escucha y pregunta -poco- y comento y mando y palmada y papeles e informes… mientras entre los vahos brillan sus ojos helados.
Afortunadamente, después hay otras visitas. Aquellos seres violados por el destino a los que arrancaron de cuajo sus más íntimos anhelos se difuminan en la bruma del olvido. Su dolor desgarrador no será estéril: abonará el terreno yermo de la desolación para que brote la nueva consciencia que requiere la situación. Además, su recuerdo enseñará a los que los asistimos a contener otros impactos en otras madres que aún no lo son, en otros niños que aún no han nacido. Pasará el invierno, despertará la primavera: no hay culpables, no hay causas, no hay deberías. Sólo un ahora que debe ser vivido y luchado, un día a día que merece la pena enseñar a disfrutar, unas flaquezas humanas que tendrán un hombro sobre el que apoyarse. Se gesta una consciencia compartida: caeremos juntos… y juntos nos levantaremos.
No hay final feliz, sólo un final. Morirá, murió, como lo haremos todos. Pronto, demasiado joven, demasiado tierno, demasiado ya; siempre es demasiado pronto. Pero el tiempo lineal, el del calendario, no es el tiempo de nuestros recuerdos. Y mientras en uno su vida es corta, casi un suspiro, en nuestra memoria su tiempo se deforma, se estira, se transforma, para descubrir como verdaderamente auténticos los momentos que compartimos con ellos: las risas, la complicidad, las caricias –verbales, visuales, mentales, carnales-. La vivencia de sus allegados lo harán eterno en nuestra finitud: la ternura tras el diagnóstico, sus lágrimas quedas a escondidas, su entereza cuando era necesaria, su fragilidad. Y el enfermo, siempre el enfermo: sus confidencias, su descubrimiento de los verdaderos amigos, de las virtudes que la adversidad ha hecho aflorar, sus miedos y sus consuelos,… Y su gratitud: hacia los que lo acompañan cuando más difícil resulta hacerlo, hacia los que oye llorar a escondidas y aun así permanecen junto a él, los que se derrumban, los que vienen y los que no, a los que ama aunque parecen no estar, a aquellos que le han hecho sentir que la vida merecía la pena ser vivida para haberlos conocido.
Es el tiempo el que nos descubre que no solo queda destrucción y ausencia tras la partida. Solo el dolor de una pérdida puede remover nuestra alma hasta sus más profundos cimientos, y nos permite descubrir lo mejor de nosotros mismos. Solo la disolución de nuestros cuentos de fantasía nos permite conocer la auténtica realidad que nos rodea, algo imprescindible para planear una vida que nos permitan mejorar el mundo que compartimos. La pérdida de aquellos que estuvieron con nosotros aclara nuestra visión del mundo, la transforma, y nos permite reconocer lo que nos hace felices: compartir, reír, ayudar, sentir la gratitud de los demás, amar.
Nunca se fueron, en realidad. Forman parte indisoluble de nosotros, pues nos hicieron ser como somos. Su sonrisa nos sigue alentando, su mirada nos hizo más humanos, su aliento nos permite alentar a los demás. Viven en nosotros, y a través de nosotros, porque sus sonrisas siguen siendo eternas en nuestros recuerdos. Y nunca estamos más vivos que cuando nos dejamos invadir por una sonrisa. Sonriamos por ellos.