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Es frecuente el uso del término ‘calidad asistencial’; no lo es menos el abuso del mismo, tanto que se corre el riesgo de vaciarlo de significado. El concepto, empero, puede ser definido con precisión desde un punto de vista técnico, y sólo entonces será válido como patrón para distinguir las buenas de las malas prácticas asistenciales.
Definir nítidamente la corrección o no de una práctica clínica no es fácil. El juicio de bondad incluye elementos tanto objetivos como subjetivos (ciencia, sociología, economía, cultura…). Por tanto, podemos y debemos consensuar qué consideramos que es el buen hacer en un Sistema de Salud.
Un buen punto de partida es la teoría, el ‘estado del arte’, el conjunto de conocimientos actualizados que existen sobre las mejores opciones preventivas, diagnósticas, terapéuticas y rehabilitadoras para cada problema de salud. Guías de práctica clínica, protocolos basados en la evidencia, revisiones sistemáticas de calidad… para nosotros, suponen un estándar teórico, el ideal al que dirigirnos y al que aspirar.
Sin embargo, asumir como correcto un destilado de la teoría no es suficiente, si no ya inviable en muchas ocasiones. En primer lugar, por nuestra ignorancia; desgraciadamente, existen muy pocas certezas científicas en la práctica médica, y la mayoría de las decisiones que deban ser tomadas no tendrán siempre todo el respaldo teórico que nos gustaría. En segundo lugar, las condiciones de aplicación reales dependerán de los recursos disponibles en nuestro ámbito; si realmente queremos que la valoración de la calidad asistencial sirva para mejorar y no sólo para lamentarnos, debemos tener en cuenta lo que es posible hacer y lo que no. Aún hay una tercera precisión: además de los criterios estrictamente clínicos, existen otras dimensiones de la calidad de la asistencia como la satisfacción de los usuarios o el coste-beneficio de las intervenciones, que evalúan aspectos de la asistencia que merecen también una justa atención.
Debemos hacer, por tanto, un acercamiento más amplio al concepto de calidad que el estrictamente científico para que sea un válido. El investigador Pedro Saturno ha propuesto cuatro dimensiones: la accesibilidad, la calidad científico-técnica, la satisfacción y la seguridad.
La accesibilidad es la vocación de universalidad, en su triple vertiente ideal: a todos, todo lo que necesiten, y sin repercutir ningún coste directamente en el enfermo. Podría ser considerada una evaluación indirecta del nivel político y gestor, puesto que incluye facetas como la eficiencia en el uso de los recursos, la cartera de servicios ofertada y la planificación sanitaria. En condiciones ideales, los gastos en salud se derivarían exclusivamente de la prestación de servicios, si bien en condiciones reales gran parte de los recursos necesarios se desperdician por defectos relacionados con las otras tres dimensiones de la calidad.
La calidad científico-técnica vela por que se proporcione la mejor asistencia posible que la ciencia nos permita, y evalúa principalmente el desempeño del nivel profesional del sistema. Esta dimensión está íntimamente relacionada con la formación de los sanitarios, tanto pre como postgraduada. Una adecuada inversión en formación veraz, independiente y pertinente de los profesionales fructifica en una mejor salud en los pacientes, y unas mayores eficiencia y efectividad.
La satisfacción es la medida de la dimensión humana de la asistencia, se enfoca al nivel del usuario, y es el garante de que sigamos siendo algo más que un expendedor de recetas o un frío robot quirúrgico. Tan importante es no caer en un positivismo exagerado, que relegue esta dimensión de la calidad en favor de otras más ‘científicas’, como evitar el riesgo de ceder a exigencias caprichosas en aras de obtener falsas satisfacciones por intereses espurios.
Por último, la seguridad es un aspecto transversal que afecta a todos los niveles: gestor, profesional y usuario. Su objetivo es garantizar que la interacción del paciente con los proveedores de salud no le produzca daños ajenos a los propios del cuidado de la salud. Un paciente debe salir con más salud, y nunca con menos, tras un contacto con el sistema sanitario… o ese contacto nunca debió producirse.
Las dificultades para definir con precisión qué es una asistencia de calidad no deben ser la excusa para ceder a un estéril nihilismo. Es posible delimitarla con la nitidez suficiente como para que nos resulte útil a la hora de distinguir lo que está bien hecho de lo que debe mejorar. Así podremos avanzar por el camino a la excelencia, puesto que conocer nuestros defectos es el punto de partida para poder corregirlos.