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Los caballos tienen cascos para caminar sobre la escarcha y la nieve; pelo para protegerse contra el frío y los vientos. Comen hierba y beben agua, brincan en el campo: tal es la naturaleza de los caballos. Las mansiones palaciegas no sirven para ellos.
Un día apareció Po-Lo, diciendo:
- Yo sé amaestrar caballos.
Entonces los marca con un hierro caliente y les esquila las crines, les corta las pezuñas y les pone bridas, los amarra por la cabeza y los ata los pies, separándolos en establos: resultando que, de cada diez, dos o tres morían. Los guarda encerrados, hambrientos, y sedientos, o los hace trotar y galopar: los rastrilla y cepilla en la cabeza; el dolor de los arreos y las borlas de los adornos, y detrás la constante amenaza del látigo, hasta que más de la mitad caen muertos.
El alfarero dice:
- Yo puedo hacer lo que quiero con el lodo: si quiero hacerlo redondo uso el compás: si rectangular, la escuadra.
El carpintero dice:
- Yo puedo hacer lo que quiero con la madera; si quiero hacerla curva, uso el arco: si rectangular la escuadra.
¿Pero por qué razones podemos pensar que e1 lodo y la madera desean estas aplicaciones de compases y escuadras, de arcos y reglas?
No obstante, cada época elogia a Po-Lo por sus habilidades en la doma de los caballos; a los alfareros y carpinteros, por sus trabajos en el barro y la madera. Analizo ahora el gobierno del Imperio desde un punto de vista completamente opuesto. El pueblo tiene ciertos naturales instintos: teje sus trajes él mismo, ara la tierra por sí mismo.
Esto es común a toda la Humanidad y todos estamos de acuerdo sobre que así es.
Estos instintos son llamados dones del cielo; y así, por los días en que los instintos naturales prevalecían, el hombre se moría tranquilamente y se miraba sin inquietud.
En aquella época, en que nosotros no teníamos caminos que atravesasen las montañas, ni barcos, ni puentes sobre el agua. Todo esto lo hemos producido nosotros, cada uno por sí y en su propia esfera.
Los pájaros y los animales se multiplican; los árboles y los arbustos crecen. Los primeros venían a nuestras manos y vosotros podíais subir a los árboles y ver en el nido al cuervo. Porque toda la creación era una, con pájaros y animales., en la que no había distinción entre el hombre bueno y el malo. Desconociendo todos la virtud, no podían confundirse. No teniendo, igualmente, ningún deseo malo, se encontraban en un estado de integridad natural de la perfección de la existencia humana.
Cuando aparecieron los sabios, pusieron la zancadilla a las gentes al hablarles de la caridad, encadenándolos con la idea del amor al prójimo; la duda hizo su entrada en el mundo.
Entonces, la exageración extrema del entusiasmo por la música y los remilgos por la etiqueta hicieron que el Imperio llegara a dividirse contra sí mismo[1].
[1] Meditaciones de un místico chino. Selecciones de la filosofía de Chuang Tzu. Con una introducción por Lionel Giles, M. A. Coxon. La Sabiduría del Este. Serie John Murray, 1911, páginas 66-68.