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La ‘opinión de expertos’ es una de las categorías que se utilizan para clasificar los artículos científicos para asignarles un nivel de importancia (evidencia, en la mala adaptación al español del término evidence) a la hora de tomar decisiones clínicas. Concretamente, es la última. Por encima encontramos todos los tipos de estudios científicos posibles, con o sin intervención. Para la práctica clínica, la opinión de expertos es una guía, pero no es una ley.

Aparentemente, esto supone un desprecio a la experiencia de los mejores profesionales que han acumulado con su desempeño profesional a lo largo de los años. En realidad, el sistema de puntuación asume que, si realmente han sido los mejores, a lo largo de su práctica habrán podido demostrar y publicar todo lo que sabían, y su experiencia y conclusiones estarán reflejadas en otras categorías de artículos más fiables, como los ensayos clínicos o los metaanálisis.

Sin embargo, no siempre los grandes científicos tienen el presupuesto para conducir un costoso ensayo clínico, por hallarse en países empobrecidos, o tienen el respaldo de la industria del sector si sus patentes no son donadas a los accionistas sino al conjunto de la humanidad, como el ilustre Doctor Patarroyo. Además, la mayor parte de los estudios científicos biosanitarios en la actualidad están patrocinados por la industria, la cual decide su publicación o descarte en base a si los resultado le resultados son beneficiosos o no para sus intereses.

Conocido este riesgo, parece temerario entregar el rumbo de la práctica clínica a un conjunto de estudios supuestamente manipulados por intereses económicos, y relegar la opinión de los profesionales experimentados a un papel tan secundario. Aún así, existe una razón para que los profesionales sigamos prefiriendo cimentarnos en la ciencia palpable y comprobable (todos podemos evaluar críticamente un estudio y cuestionarnos sus conclusiones) en lugar de en el discurso locuaz y desenfadado de un ‘experto’: el riesgo de que existan conflictos de intereses en el experto a la hora de expresarse con total objetividad.

Tenemos mucha más receptividad a un amable orador en un ambiente desenfadado que a un frío estudio escrito con el seco lenguaje científico en la pantalla del ordenador. Somos mucho menos críticos a sus opiniones (que no razones), y nos planteamos menos quién o cómo se las ha podido infundir. Es del ‘experto’ del que se valen los que tienen que conseguir la venta y promoción de productos biosanitarios cuyos ensayos sobre el terreno no siempre garantizan el retorno la inversión realizada en su desarrollo.

El lenguaje científico es objetivo, las opiniones no. Por ejemplo, los estudios científicos han mostrado que exponer a un lactante a alimentación artificial por debajo del mes de vida duplica sus posibilidades de morir súbitamente en el primer año. Frente a ello, algunos expertos consideran que la leche materna (ojo, no amamantar, que algún día se puede conseguir una central de producción de leche materna…) ‘parece disminuir el riesgo de algunas enfermedades, pero que se necesitan más estudios para confirmarlo’. De afirmar que un producto farmacéutico supone un evidente riesgo administrado por debajo del mes de vida (la lactancia artificial), a plantear un posible –y sólo posible- efecto beneficioso frente al normal riesgo de morir alimentado con biberón. Sutil. Y todo en una sóla frase ‘experta’… ¿imparcial? Si una cunita de bebé duplicara el riesgo de morir durante el primer año ¿recibiría el mismo cariño del ‘experto’?

A pesar de su escasa relevancia teórica en la elaboración de los protocolos clínicos, los ‘expertos’ suelen copar los puestos de representación de sociedades científicas y profesionales, son los interlocutores con y asesores de la clase política, y condicionan mucho más de lo que nos gustaría las líneas maestras de la salud pública. Los expertos definen los mensajes que se lanzan a la población, tras recibirlos al dictado de aquellos que los apoyan por intereses espúreos, y crean corrientes de opinión compartidas de manera casi inconsciente por el resto de la població. El experto asesor de lo público tiene que ser éticamente intachable, o no será más que un representante más de intereses comerciales.

Tenemos que respetar e incorporar todo el bagaje de ‘el que lee mucho y anda mucho’ porque ‘ve mucho y sabe mucho’, como decía Cervantes. Los profesionales tenemos que ser capaces de elaborar la receta de nuestro saber incorporando los ingredientes que la ciencia, la etnomedicina, y la propia experiencia aportan, para la cual la opinión de los expertos supone un condimento que puede hacerla soberbia o arruinar el plato. Hacer nuestra propia comida o confiar en lo que nos pongan… una decisión nada inocente; elijamos con cuidado quién nos alimenta.

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